El rápido recorrido desde el aeropuerto hasta el centro de Lima me ofreció una impresión inmediata de lo mucho que ha cambiado la capital peruana desde mi última visita en 2006. Las mejoras de la infraestructura urbana en la ciudad, entre ellas carriles rápidos para los autobuses y una nueva línea de metro, representan sólo un testimonio del progreso inconfundible que Perú ha realizado en los últimos años. Cuando llegué a Chile, también pude ver las mejoras en el paisaje urbano, que está sin lugar a dudas a la vanguardia del desarrollo de la infraestructura en América Latina.

Perú y Chile han adquirido merecidamente el reconocimiento como dos de las economías latinoamericanas mejor gestionadas. Durante la última década el crecimiento medio fue de 6,4 por ciento en Perú y 4,4 por ciento en Chile, figuran entre las tasas de expansión económica más rápidas de América Latina durante ese período, y el crecimiento sigue siendo robusto este año a pesar de la desaceleración económica mundial. La pobreza ha disminuido de forma pronunciada en Perú, al pasar de un 55 por ciento a un 28 por ciento entre 2001 y 2011, mientras que Chile ha alcanzado la segunda tasa de pobreza más baja de América Latina: el 12 por ciento.

Estos extraordinarios avances en crecimiento económico y reducción de la pobreza han sido construidos sobre sólidos cimientos macroeconómicos. Chile y Perú han tenido superávit fiscales primarios en siete y nueve de los últimos diez años, respectivamente, y las autoridades han establecido fondos de estabilización fiscal para aislar a sus países de las crisis de los precios de productos básicos.

La inflación es baja y está bien anclada en ambos países, puesto que durante la última década ha tenido un promedio de menos del 3 por ciento en Perú y menos del 3,5 por ciento en Chile. El cociente entre la deuda y el PIB es sumamente bajo. De hecho, Chile es un acreedor neto, y en el Perú, la deuda neta es de aproximadamente 7 por ciento del PIB.

Los altos precios del cobre y los metales preciosos —principales exportaciones de Perú y Chile— han contribuido a impulsar el fuerte crecimiento de estos dos países en la última década. Sin embargo, igualmente importante ha sido el establecimiento de estructuras políticas que han proporcionado entornos seguros y justos para atraer la inversión extranjera. Perú y Chile también han adoptado medidas importantes para diversificar los perfiles de sus exportaciones. Ambos países se han convertido en líderes regionales en las exportaciones agrícolas, y Perú tiene el potencial de convertirse en un importante exportador de energía.

Estos dos ‘tigres’ de Latinoamérica figuran entre las economías más abiertas del mundo. Más del 95 por ciento del comercio de cada país es parte de acuerdos de libre comercio y, de hecho, ambos tienen acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. En 2011, las exportaciones estadounidenses a Perú y Chile aumentaron en un 23 por ciento y un 46 por ciento respectivamente, en comparación con 2010, lo cual contribuyó al extraordinario aumento de las exportaciones estadounidenses a América Latina durante ese período y con ello ayudó a apoyar la creación de empleos aquí en Estados Unidos. Perú y Chile han sido participantes activos en las negociaciones de la Alianza Transpacífica, un ambicioso acuerdo comercial de última generación entre países de Asia y el Pacífico que abrirá el crecimiento económico y la creación de empleo en los países miembros, lo cual es un elemento importante de nuestro propio objetivo de promover fuertes exportaciones de Estados Unidos.

Pero al igual que cualquier otra economía, existen retos políticos importantes que han de solucionarse a fin de distribuir los beneficios de las mejoras económicas alcanzadas en Perú y Chile. Ambos países también afrontan retos considerables en la diversificación de sus economías para evitar la dependencia excesiva en el sector de la minería; el cierre de los déficit de infraestructura; el suministro de energía más barata y segura; la mejora del acceso a la enseñanza de alta calidad, y, en Perú, el fortalecimiento de la capacidad entre los gobiernos a nivel subnacional y la lucha contra la producción y el tráfico ilícito de estupefacientes.

Durante mi visita reciente, observé cómo los gobiernos de Perú y Chile se enfrentan a estos desafíos. El presidente Ollanta Humala ha establecido como una alta prioridad el ampliar la inclusión social de todos los peruanos. Desde que asumiera el cargo hace un año, el Presidente ha ampliado significativamente la cobertura de guardería; ha proporcionado una pensión garantizada a peruanos de bajos ingresos mayores de 65 años y ha realizado progresos en la mejora de la calidad y oferta de la enseñanza y el cuidado de la salud en las zonas rurales. Su gobierno ha trabajado con empeño para garantizar que las nuevas grandes inversiones en el sector de los recursos tengan en cuenta temas de importancia local, como lo son el empleo y el medio ambiente.

En Chile, el presidente Sebastián Piñera, aprobó en fechas recientes una reforma del sistema de educación para ampliar la cobertura de guardería y aumentar los préstamos estudiantiles y becas para la educación superior. La siguiente prioridad de ese gobierno es un plan de reforma fiscal que se centre en aumentar los fondos disponibles para las prioridades de gasto social. Durante mi visita, observé de primera mano las maneras en que Chile ha aprovechado el poder del sector privado para modernizar la infraestructura del país y para responder rápidamente a reparar el daño causado por un devastador terremoto y tsunami en 2010. También me reuní con [representantes de] una novedosa organización no gubernamental: Desafío Levantemos Chile, que fue creada a raíz del terremoto y que ha trabajado en regiones pobres del país ayudando a reconstruir escuelas, viviendas y centros comunitarios por medio de una innovadora combinación de apoyo del gobierno y donaciones de organizaciones benéficas privadas.

En una economía global caracterizada por la incertidumbre económica y las perspectivas dudosas de crecimiento, Perú y Chile sirven de poderosos ejemplos de cómo alcanzar objetivos de fuerte crecimiento e inclusión social en un contexto caracterizado por marcos macroeconómicos prudentes y sociedades democráticas abiertas. Mi viaje ofreció un oportuno recordatorio del progreso que han hecho muchos países latinoamericanos desde que tuvieron que afrontar sus propias crisis de la deuda en las décadas de 1980 y 1990. Su posterior recuperación y progreso sostenido sirven como testimonio de la capacidad de recuperación y el dinamismo de sus pueblos, y del cambio drástico que es posible realizar cuando las políticas se arraigan en cimientos sólidos, todo lo cual ofrece esperanza a los distintos países del mundo que atraviesan tiempos económicos difíciles.

Se hizo evidente desde el momento en que aterrizamos en Lima que los tigres de Latinoamérica avanzan pisando fuerte y tienen la energía para mantener el rumbo

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